apuntes para un cambio sistémico: de la cultura como recurso a la cultura como derecho

A propósito de cambios en la gestión pública de la cultura: de la cultura como derecho a la cultura como recurso de Jaron Rowan (@sirjaron).

La lectura del artículo de Jaron, siempre sugerente y motivador, nos ha animado a una conversación de cafe y tabaco sobre el trabajo público en cultura y en qué podamos hacer una poco de autocrítica en relación a lo que hacemos, cómo hemos llegado hasta aquí y si podemos hacer alguna cosa para cambiarlo.

Sobre los orígenes de la idea de industria cultural no entraremos porque Jaron ya ha escrito muy acertadamente sobre eso en Emprendizajes en Cultura (descargable en pdf i que recomendamos desde aquí) pero sí añadimos algunos apuntes…

Un problema de metonimia entre otros. La política neoliberal y la invasión sutil del neoliberalismo ha hecho que tomemos la parte por el todo y hablemos de cultura de forma reduccionista refiriéndonos muy a menudo a entretenimento, espectáculo o industria reproductora de productos de consumo rápido, despreciando otras formas de hacer cultura. Los procesos, finalidades y límites no son comparables de ninguna manera, creación colectiva de imaginarios ciudadanos, procesos de cooperación, relaciones entre colectivos formación artística no reglada, prácticas artísticas, trabajo en comunidad, investigación, reflexión y crítica.

Los técnicos municipales, formados en másters y postgrados en gestión cultural, hemos sido víctimas de un sistema formativo poco permeable a las nuevas realidades sociales y de una rígidez académica impuesta por planes educativos cerrados, enfocados a la profesionalización. La tecnificación y la búsqueda de la eficiencia ganan a la investigación, análisis y abordaje de contenidos y del pensamiento crítico. Así, gran parte de los gestores culturales respondemos más a una nueva clase burocrática y administrativa que perpetúa los sistemas que no a ser impulsores y mediadores entre la sociedad y la creación y el acceso al conocimiento.

En este proceso de liberalismo o de invasión sutil de lo cotidiano (y de la cultura por descontado) nos hemos acabado poniendo en la cabeza, de forma más o menos consciente, aquello de “exprime al máximo todas las vacas” y políticos, técnicos, empresarios, activistas y creadores hemos entrado, casi sin darnos cuenta, en la rueda del hámster, dando vueltas sin saber como parar este círculo, llegando a veces a movernos en el absurdo mercantilismo de compra y venda de productos.

Este dar vueltas a la rueda ha desideologizado y despolitizado la acción cultural haciendo que pasemos del trabajo en la cultura como derecho a un abordaje instrumental del hecho cultural como sitúa Jaron Rowan. Hemos pasado a una cultura ornamental sin carga crítica ni transformadora, una serie de actos edulcorados presentados en cuidadas y estéticas programaciones.

Ante este panorama desolador alguien podría pensar que todo es tan grande y tan inalcanzable que no podemos hacer nada para cambiarlo ni tan solo para invertir esta tendencia hiperproductiva y, porqué no, autodestructiva de la ciudadanía y la sociedad.

Algunas cosas que podríamos hacer y solo dependen de nosotros:

– Apostemos claramente por el humanismo y los valores: olvidemos los productos y pongamos el acento en las personas, en la gente de nuestras ciudades y territorios, trabajemos con colectivos y con la comunidad testeando nuevas formas  de organización y acción, sin miedo a equivocarnos.

– Nuestro trabajo tiene una carga ideológica y política a la que no podemos renunciar. Si la cultura, el arte, la educación no cuestionan, reflexionan… ¿quién esperamos que lo haga? No podemos, por tanto, eludir esta carga que determina nuestro trabajo por una cultura como un derecho social calve en el desarrollo de la sociedad.

– Llevemos a nuestras organizaciones al límite. Nuestro trabajo con la sociedad así nos lo pide. Nos toca hackear las estructuras rígidas y administrativas para adecuarlas y aproximarlas a la sociedad devolviendo lo público a lo que es propio y consustancial de la comunidad. Ya hemos visto demasiadas identificaciones de la cosa púbica con los mercados. Hay que volver, no tan solo a la representatividad, sino a la máxima integración y activación de nuevas formas de participación y articulación social. Desde la cultura es posible.

– Generemos a nuestro alrededor procesos de aprendizaje colaborativo. hacemos y aprendemos y aprendemos haciendo y nos lo explicamos, lo compartimos y nos equivocamos también, fracasamos.

– No queremos ser rentables. La cultura no puede medirse en términos de rentabilidad económica, la cultura busca un desarrollo personal y social, requiere otros parámetros.

Si un sistema es una interacción entre las partes que lo conforman, asumamos un papel activo en la modificación de nuestra posición, discurso y actitud para generar cambios en el conjunto, un cambio sistémico. Cuanto más intensas y constantes sean nuestras acciones más profundos serán los cambios que produciremos.

El cambio por el cambio no tiene sentido, el sentido será conseguir que la cultura se convierta en un derecho fundamental de las personas y no un instrumento o una mercancía.

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