Nos ocupamos del mar…

Hace unos días, @laciudadviva publicó un interesante post de Mauro Gil-Fournier el arquitect* como cuidador urbano en el que reclamaba el cuidado como una de las funciones principales de su práctica profesional. Quien nos conoce sabe de la “prudencia” y la desconfianza con que solemos tratar a los arquitectos y sus paranoias y, pese a que últimamente hemos conocido arquitectos humanos y humanistas, nos invade una desconfianza casi innata hacia la profesión. Superadas las reticencias iniciales, el post nos parece que debiera trascender gremios y posicionarse como ética.

En temptatives tenemos una querencia natural por el humanismo, entendido como aquella corriente de pensamiento que tiene a las personas y sus significados en el centro de su interés y, por lo tanto, el hecho de que algunos profesionales se aproximen al humanismo para entenderse y pensarse y se acerquen a lo social, lo cultural, lo artístico… nos ayuda a seguir reflexionando.

El post de La Ciudad Viva plantea una visión humanista del arquitecto en tanto que profesional que desarrolla un proyecto en relación, diálogo e interconexión con las personas y los entornos y nos ha interesado el acento en la ética del cuidado: “Cuidarse es sinónimo de conocerse. Por lo tanto cuidar de los demás significa aproximarse, conocerlos, entenderlos. También el cuidado de uno mismo implica necesariamente relaciones complejas con los otros” (1)

Nos interesa especialmente la ética del cuidado por la posibilidad de trasladar el concepto a la esfera de las personas que nos dedicamos de forma profesional a esto de la cultura y que también hemos sufrido un cierto distanciamiento respecto a la idea del cuidado dado que nos hemos centrado en el trabajo sobre los bienes culturales y los productos olvidando que la cultura y sus expresiones son mecanismos de creación de subjetividades y de relaciones sociales.

El hecho de que el trabajo en cultura se haya centrado en la producción y distribución de mercancías culturales implica a la vez que hemos contribuido a una modelización impuesta por la cultura capitalística. Vamos, que hemos contribuido a estabilizar y solidificar actitudes que refuerzan el capitalismo mundial integrado y hemos obviado formas y tentativas de singularización, dejando de lado el trabajo de favorecer espacios colectivos (simbólicos, relacionales…) que bien pudieran generar otros escenarios en nuestros entornos más próximos. (2)

En este punto nos parece interesante apropiarnos y cultivar la ética del cuidado en nuestras profesiones y también como ciudadanos en nuestras esferas pública y privada. El desarrollo de lo emocional y lo afectivo en nuestros entornos (físicos, culturales y virtuales) marca un viraje de actitudes que requiere el trabajo en procesos (en tentativas) más que en actos puntuales y concretos, nos abre el camino para tejer redes afectivas que propicien una reconstrucción de relaciones sociales basadas en el desarrollo de las capacidades personales para actuar en comunidad y no en la uniformidad que perpetúa las relaciones de poder.

En el post de @laciudadviva se plantea cómo la ética feminista genera nuevos modos de proponer y resolver conflictos desde la complicidad, la equidad, la transparencia, el respeto a las diferencias, la confianza mutua y la colaboración… Elementos que deberían estar muy presentes en el trabajo desde la cultura pero, sobretodo, abordar la idea de conflicto, estimular el pensamiento crítico, cuestionar el sistema y no trabajar (aunque sea inconscientemente) por ser la homeopatía que amansa, modela a las personas y las iguala en un sistema global que reproduce -mediante los bienes culturales- los mecanismos dominantes a nivel económico y político.

Podría parecer que el profesional de la cultura adquiera cierto papel de gurú que genera un determinado control social en el ámbito en el que desarrolla su trabajo (como ha sucedido en muchos casos con los arquitectos) y no, no hablamos de eso, para nada. Lo que planteamos es un trabajo de mediación y dinamización que habilita marcos de singularización y de creación de comunidades y que favorece entornos relacionales y de acción que puedan desarrollarse más allá de la intervención o de la presencia de un profesional para que nazcan, crezcan y transformen.

De hecho en nuestros entornos se dan muchas experiencias, muchos marcos de creación de comunidades, de relaciones y de producción de subjetividades que a menudo desconocemos o desestimamos… Deberíamos de prestarles más atención, nosotros lo hacemos, porque pensamos que el objetivo final (aunque utópico) de cualquier gestor cultural público debería ser la autodestrucción de su profesión en favor de modelos y ecosistemas de autoorganización social. Pero claro, para que esto se produzca tenemos que ser capaces de modificarnos y transformar lo que hacemos más allá de lo profesional. Evidentemente, todo esto conlleva una profunda carga ideológica, cómo no….

el humanista como cuidador de entornos

Nos ocupamos del mar” escúchala en grooveshark o desde spotify

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(1). Cita del post de Mauro-Gil Fourner “el arquitect* como cuidador urbano“, La Ciudad Viva.
(2). Félix, Guattari, Suely Rolnik “Micropolítica. Cartografías del deseo“,  Traficantes de sueños
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2 respostes a Nos ocupamos del mar…

  1. Blas ha dit:

    El título de la próxima novela de Vila-Matas es ‘Aire de Dylan’

  2. Xavier Mingo ha dit:

    Ese rol de “fluidor” muy cercano a los roles de la educación es el que desgraciadamente la gestión cultural ha rechazado por tener poco “glamour”.
    La ilustración muestra una máxima que za en los 80 se adoptava cuando hablabamos de animación sociocultural (tambien muy cercana a la educación): la de que la función del animador se deshace como un catalizador químico: una vez iniciada la reaccion puede retirarse.
    És un placer leeros y un gran estímulo ver como volvemos a reflexionar sobre màximas útiles. Sin duda los 90, los 00 i los no aportaran más que “revivals” y revisiones del pensamiento heredado del 68.
    Un saludo.

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