el sentido cambia cuando cambian los contextos

No existe ningún tipo de desarrollo que no provenga de los espacios mínimos. Ni la cultura ni ninguna de las cuestiones que permiten y provocan el desarrollo humano es capaz de emerger sin que provenga de la misma esencia.

Hemos sido capaces de enmascarar la realidad con infinitas acciones  en un eventismo industrializado que concatenó de modo ininterrumpido la actividad y la distribución de productos y expresiones culturales de la más diversa índole. No estoy seguro de que ese sistema se haya ido derivando de procesos y métodos reflexivos concretos y contundentes, ni siquiera, miren, los que hubieran correspondido a la mercadotecnia. Dudo que haya habido una intención progresiva desde la cultura especulativa, reflexiva y teórica hacia la cultura aplicada. Más bien diría yo que esa tendencia a la investigación y la teorización se ha ido relegando y en algunos casos despreciando.

¿Corresponde a la cultura pública un comportamiento semejante? No corresponde, es evidente pero la triste realidad constata que sí, que se toma como referencia el interés del corto plazo político, de partido. Porque la política, lamentablemente, ha sido secuestrada por los partidos y enajenada de toda participación fuera de estas estructuras corporativas. La demostración reside ya no solo en la sospecha sino en la confrontación de datos. No dejan de ser estructuras cuyo interés primordial es el máximo beneficio gremial. Sin embargo la cultura no puede aplicar ninguna acción sin que exista una reflexión coherente y sólida. Aunque su planteamiento final operativo venga determinado por la programación en sus diferentes modalidades es absolutamente nocivo que no exista un consistente fundamento reflexivo. Es incoherente, además, si lo que se desea es devolverla a sus raíces sociales.

Y estos espacios mínimos también corresponden a aquellos que conectan directamente con la ciudadanía. Porque generar cultura no es únicamente reproducir producto sino, creo lo más importante, actitud, comportamiento, conocimiento. Y, lo crean o no, el sentido cambia cuando cambian los contextos y el nuestro ha cambiado mucho.  Y ya no volveremos, ojalá, a ser como antes. Porque tampoco vamos a poder consumir cultura (me pongo en la cabeza de los que entienden este término, yo, disculpen, no puedo) como pretendían que la consumíamos antes de esta trampa en la que hemos caído. ¿Volveremos a las marcas blancas también aquí? ¿Y qué son las marcas blancas en cultura? ¿Están dentro de esos espacios mínimos?

El capitalismo industrial sigue perdiendo posiciones mientras desde ciertos frentes continúa  el empeño por la industria cultural. Quizá porque la pereza intelectual nos conduce a la inercia. Y porque aunque no se haya querido ver desde nuestro torreón y faro (decir esto en los tiempos de gloria ha sido anatema) ahora comprobamos que la dificultad de consumo relega a la cultura, a la cultura tomada como eso, a un plano subsidiario.  Y nos extraña! No sé qué es lo que esperábamos cuando estábamos generando ciudadanos consumidores.  Si hemos provocado semejante situación mal podemos sorprendernos. En todo caso, me da la impresión de que seguimos sin entrar todavía en el fondo del asunto. Y aunque no quito ni una pizca de gravedad al asunto del 21% del IVA seguimos fomentando los discursos monetaristas.

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