menos industrias y más cultura

Articulo publicado originalmente en el Setmanari Directa, y después un poco más ampliado en Nativa por Marta Ardiaca, Rafa Milán i Jordi Oliveras

En las diversas asambleas y plataformas de cultura en las que hemos ido participando en los dos últimos años intentando plantar cara a las situaciones que vivimos, nos hemos encontrado el mismo dilema con el que se encuentran otras luchas del momento. Por una parte, hay gente que piensa en cómo recuperar aquello que estamos perdiendo, cómo volver a la vida en la que confiaba. Por otra, hay gente que pensamos que sólo podemos salir de esta crisis yendo a buscar una organización social nueva.

Más allá de las ideas, esto ya se nota en el lenguaje mismo, ante algunas expresiones, nosotros, como otra gente, nos asustamos. Pasa, por ejemplo, cuando en una asamblea alguien dice cosas como que “hay que formar públicos”, una afirmación que nos horripila por lo que tiene de paternalista, por lo que tiene de suponer que “nosotros”, el sector cultural, somos portadores de una especie de fuego sagrado que hay que hacer llegar al resto de la gente. También saltan las alarmas cuando alguien nos identifica como “industria cultural”, como hizo el otro día Josep Ma. Pou en una columna que hablaba de la Marea Roja, la marea de la cultura.

¿Por qué nos sentimos tan lejos cuando oímos hablar de industria cultural? O quizá deberíamos hacer la pregunta contraria: ¿Por qué hay gente que interioriza de una forma tan natural el lenguaje que da por hecho que la cultura se organiza en una industria?

Y es que ya hace muchos años que se va cultivando toda una manera de pensar y explicar la cultura como una actividad puntera en la economía. Se dice que hay que dar soporte a la cultura porque es una fuente de trabajo, riqueza y prestigio. La cultura, vista así, deja de ser una actividad principalmente perteneciente al conjunto de las personas que formamos la sociedad y pasa a ser una actividad de especialistas que “la hacen” para la sociedad, y a partir de aquí, de una industria que la manufactura.

En este contexto, mucha gente que está malviviendo con sueldos del todo irregulares, provisionales y precarios se pone “el sombrero” de la industria. Y también muchas organizaciones que toda la vida han vivido de dinero público se disfrazan de industria rentable, cuando no aguantaría ningún análisis económico mínimamente riguroso.

Pero lo que nos preocupa no es sólo la irrealidad de esta entelequia sino el modelo de cultura que supone. Dar por hecho que la cultura se gestiona principalmente desde una industria implica:

– Considerar que la cultura es cosa de especialistas en lugar de algo que producimos socialmente.

– Someter la cultura a la tiranía de los objetos culturales en detrimento de los procesos culturales.

– Priorizar el contacto entre artistas y industria por encima de la relación entre artistas y sociedad.

– Estar más pendientes del beneficio económico que supone la producción cultural que de los beneficios que aporta a la comunidad.

– Apostar por “productos” masivos y de interés global por encima de “productos” que tengan sentido en comunidadse concretas.

En definitiva, asumir la idea de la industria cultural nos parece que es participar en el mismo proceso que ya se da en otros ámbitos de la organización social (salud, agricultura, vivienda, educación…) de someter todos los aspectos de la vida a la dinámica económica. Un proceso que nos parece que ya está demostrando ampliamente sus efectos nocivos.

En este proceso también hemos participado diversos actores culturales (creadores, gestores, pequeñas asociaciones) quizá sin pensarlo mucho, o quizá también por la necesidad de encontrar nuestro lugar en el mundo y de consolidar una actividad que nos dé seguridad dentro del sistema económico.

En lugar de esto, en lugar de luchar por consolidar un sistema que, en el caso de la cultura catalana y española, nunca ha llegado a funcionar, pensamos que hay que dar otro sentido a los modelos organizativos de la cultura en que:

– Estemos más pendientes de las prácticas culturales de la ciudadanía que de las del “sector cultural”.

– Hagamos una relectura del legado cultural y de la idea de creador que hemos construido.

– Apostemos por una economía social que trabaje por la cultura en lugar de orientarlo todo hacia las empresas.

– El papel de las administraciones públicas sea abierto, transparente y adaptable a las demanda y las necesidades de la ciudadanía, basado en el diálogo y no en el control.

– Conscientes de la obsolescencia del paradigma del trabajo como articulador de la sociedad, desistimos de pelearnos por demostrar la viabilidad económica de la cultura y el carácter imprescindible de los actores culturales.

La idea de pensar la cultura como un simple sistema de creación y distribución de productos en el mercado nos distancia de una cultura humana, compartida y diversa que construye imaginarios y comunidades. La cultura ha de recuperar esta conexión con las personas y las realidades sociales en las que vivimos.

En conclusión, pensamos que luchar por la cultura hoy no debe consistir en recuperar un proyecto cultural centrado en la alianza de mercado y estado, y asumido por ejércitos de emprendedores y especialistas. Luchar por la cultura deber suponer la revisión de 30 años largos de discurso adosado al poder, y pensar en la cultura como algo que se construye desde abajo, buscando modelos consecuentes con esta idea.

Los autores de este articulo hemos acordado concentrar los comentarios en Nativa
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