Cuando la cultura es instrumento económico y político, el sueño se rompe.

La cultura sufre aquí una expropiación que la aparta de sus espacios naturales para empaquetarla y distribuir sus residuos. Nos hemos, se han preguntado quienes deben hacerlo, cuánto evolucionan y en qué las ciudades, sus habitantes, después de esos grandes eventos con los que les obsequiamos cada cierto tiempo. No hay nada que deseen observar a posteriori que no se pueda reflejar en cifras de consumo-gasto-ingreso, no existe un felizómetro, ni un civilizómetro… No interesan estos últimos índices  tanto como saber si se van a ganar las próximas elecciones, si se ha ingresado suficiente dinero o las veces que he salido en prensa y cómo ha evolucionado mi cotización. Esta urgencia de resultados quizá se corresponda con desintegración de la cultura. La urgencia del rédito en cualquiera de sus vertientes política, financiera, personal… ¿Qué cultura perdemos con el espectáculo, qué espectáculo perdemos con la industria?

Y nosotros, los de cultura, seguimos amplificando un discurso perverso. Todo ello, eso sí revestido de mucho boato: a través de innumerables ceremonias básicas en forma de seminarios, congresos y másteres varios, nuestras particulares misas dominicales, nuestros particulares cuatro evangelios, nuestros ritos que, como todos, más se preocupan que se ocupan, tal que las iglesias con los pobres.

La función balsámica como práctica, la función mercantilista como dominio. Todo se ha convertido en la triste tarea de administrar egos y cuentas de resultado. Pero todo lo que se pueda explicar con festivales va a ser decepcionante para la cultura. Una persistente insatisfacción intelectual. Un juego que no alcanza su fin porque sus reglas esta planteadas para no tenerlo, un juego de la oca circular y recurrente en el que después del subidón que te manda de una oca a otra, caes en el retraso de la posada o el pozo, en la confusión del laberinto… o con suerte, en la obligación de volver a empezar.

La cultura, la práctica de la política cultural digan lo que digan, es un instrumento que poco tiene que ver hoy con el desarrollo intelectual y emocional del ser humano. La correspondencia con su aspecto instrumental (como mucho disciplinario) es la que mueve realmente los hilos bajo el gran discurso desarrollista. Difícilmente se invierte la energía necesaria como para generar pensamiento y comportamiento críticos (no es algo rápido) y alcanzar esa emancipación intelectual necesaria. Lo demás, como he dicho en multitud de ocasiones, es bálsamo. Como lo es el deporte, otro gran instrumento. La industrialización del conocimiento no es sino una de las fases del neoliberalismo y del pensamiento monótono que  lo protege.

Estamos, a mi parecer, en un callejón sin salida en el que todo circula entre nosotros, que no trasciende ni llega a una ciudadanía que comprende la cultura como actividad ociosa, digna de alabanza pero lejana y sin demasiado provecho, algo propio de una clase de personas distanciadas y distantes, algo, como mucho, que entretiene… Un callejón sin salida, como digo, en el que hemos cumplido un papel poco eficaz, poco expansivo, conservador en muchos aspectos y tremendamente tópico y lleno de tautologías en otros. La cultura a través de los dogmas. Por eso, lo que predomina en la esfera de la gestión cultural es el modelo de reproducción de mercado, de creencia y sometimiento a una autoridad que marca los discursos y las tendencias, que nos dice cómo es la cultura y hacia dónde debemos dirigirla. Pocas voces se escuchan (desde los ámbitos oficiales) que quieran devolverla a la colectividad y cuando se hace se trata desde una especie de “teoría general de las bondades de la cultura”, algo que de ninguna manera desafía el discurso dominante. Que de ninguna manera desafía a un poder local con ilustres mediocridades donde la cultura, más allá de aquellos grandes eventos y la profusión de contenedores con el que se nos entretuvo en anteriores décadas, no deja de ser el servicio florero. Que de ninguna manera desafía, en su más general de los casos, el servilismo de técnicos y politécnicos que propician la “cultura al peso”.

Por eso la cultura “aplicada” tiene que convivir con la cultura “teórica”. Libre de la vanidad ignorante de los cazadores de titular y del conservadurismo cultural bien encarrilado. Por ello es necesaria la idea, la especulación teórica que dude, que cuestione y que pueda liberarse de ese miedo a la propuesta, de ese temor a la controversia, al análisis “fuera de contexto”. Si los modelos de economía neoliberal nos han traído hasta donde estamos, mal le tiene que ir a la cultura si se empeña en seguir su camino como única vía para la “dignificación”.

Puede que llevemos demasiadas décadas sin cultura precisamente porque se ha renegado de su misión fundamental: construir espacios simbólicos. Porque se ha sometido también a la política,  a esa política frívola y superficial que sale de parlamentos, hemiciclos y salones municipales; esa política que ha perdido la esencia y se ha convertido en un circo más de supervivencia y privilegios, en un espacio extractivo de casta. Los vasallos sirven a su señor y como pleitesía los afiliados defienden a modo feudal a aquellos a los que reverencian. No hay otra lectura: los señores son sostenidos por la plebe que, desde la ignorancia sumisa, ni critica, ni cuestiona, ni reprocha. Defiende sin grietas. Los dos partidos mayoritarios funcionan como una estructura caciquil consolidada por un comportamiento ciudadano fuertemente servil y arraigado y bien consolidado en el imaginario por la dictadura y la débil transición.

La cultura sometida a las políticas surgidas de ese escenario no puede ser sino una triste referencia del colapso, algo fuera de la realidad, fuera de los ideales colectivos. Y se convierte así, desnaturalizada, es un juguete sin peligro, sin muchas aristas, agradecido y que, en última instancia ni quita ni pone. No tiene efectos secundarios para una clase política que ni siquiera por los grandes desastres responde ni se hace cargo. En alguna otra ocasión lo he mencionado pero lo repito, la cultura como generador de energías renovables, no funciona porque se prefieren las energías fósiles (véase cómo se ha aplicado un impuesto al sol)

En todo caso, estoy de acuerdo con ciertos avances, sólo faltaría, pero decir que estamos mejor que antes es un axioma con muy poco sentido, molesto incluso. Evidentemente. Solo que deberíamos analizar este “estar mejor que antes” con referencias comparativas de cierta solvencia, tomarlas desde lo relativo o desde lo absoluto nos conducen a resultados distintos.

Es simple: Proporcionalmente, la cultura, su falta, hace hoy más daño que en el pasado porque sus consecuencias se amplifican con una rapidez, eficacia, alcance y consecuencia desconocidas en tiempos anteriores.

En todo caso, el hecho es que las políticas culturales (una política se hace “por fas o por nefas”) parecen muy alejadas de ofrecer ese escenario de agitación que sería bien necesario. No estoy seguro de que las sociedades actuales sean más cultas; sí, en general, están más formadas pero eso es una cuestión de instrucción en la que demasiadas veces se observa un auténtico analfabetismo funcional que crece. Suena exagerado, sí, como siempre que se vive en un estado de contemplación buenista.

La cultura se secuestra, se simplifica, se modera y se transgeniza como herramienta disciplinaria. La fragilidad de la cultura, en su acepción más extensa y diversa, es hoy extraordinaria, puede que en términos comparativos no hayamos avanzado demasiado o más bien al contrario. Acceso a la cultura, hemos dicho, después de hacernos modernos y superar esas antiguas ingenuidades socioculturales. Pero sigo sin saber a ciencia cierta a qué cultura.

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