Inteligencia cultural y capilaridad.

¿De la cultura local a la cultura pulp? ¿No habrá una especie bulimia? ¿Alguien cree que ésto se puede resolver con festivales? El problema de fondo no está en los escenarios, ni en los cines, ni en las librerías, el problema está en las escuelas, en las casas, en los barrios… en la mentalidad de los gobernantes, en el discurso que lanzamos nosotros mismos, los del gremio. En lo que se comunica acerca de ella, en cómo la explicamos, en cómo nos hacemos entender. Me da la sensación de que su merma, no sé si hoy más que nunca, nos llega desde argumentos circulares que la colocan en una especie de “estado aspirina”, ese remedio siempre a mano.

El secreto parece que está en industrializarlo todo, también nuestras ilusiones, hasta concretar un producto que se fabrique rápido y se distribuya sin problemas: la productivización de la cultura ¿de verdad creen que podemos competir con el prime time tal y como marcha todo? Los discursos instructivos salen de la tele y de las áreas de economía, el márquetin social lo resuelven desde allá y nosotros lo compramos como márquetin cultural, nada que no tenga que ver con la venta está considerado hoy como necesario, y a su vez el hecho de vender y venderse es el mayor acto cultural de la humanidad contemporánea. Un mercado de consumidores se adaptan a una oferta debidamente modelada. El espejo de la modernidad funciona desde ese lenguaje economicista y aparta cualquier otro en función de otras dos plagas: la eficiencia y el desarrollo (hoy no voy a hablar de la excelencia) dos actitudes que marcan la trayectoria para la cultura producto.

Parece que ha ganado la vertiente depredadora: el neoliberalismo extremo (aunque no olvidemos, por favor, a las doctrinas hermanas que han allanado el camino, las socioliberales). El caso es que estamos pagando una renta indebida, una pleitesía en nombre de un progreso tan injusto como mentiroso. La Doctrina ha contaminado el espacio. ¿Ayudará la cultura a salir de la crisis? Pues dígame primero a qué cultura se refiere porque sospecho que la pregunta nace mal. Y porque seguramente la cultura debería haber impedido la crisis. Pero la desactivación de la cultura a través de la doctrina del PIB es algo que todavía no se admite ni por las personas más críticas. El imaginario colectivo esta secuestrado: producción, distribución y uso.

O la transcripción del fastfood que remite al fastcult, a los productos tóxicos que se sirven con la etiqueta de cultura (vease el reciente y despreciable caso de Quijorna en el que se utiliza el polideportivo de un colegio público para una actividad titulada “Primeras jornadas de exposición, militaria y cultura de defensa”). O como aquellos otros transgénicos que se distribuyen con el discurso hipócrita de ser la solución para erradicar el hambre.

La parte por el todo. Sin embargo la aspirina no es salud ni el repollo gastronomía. Y también entendemos que el alicatado hasta el techo no es urbanismo. Pero nosotros nos empeñamos en una especie de formación del espíritu cultural (los más mayores ya me entienden) que orienta sin remisión y casi sin salida a la administración de haberes y deberes. A expender aspirinas, cocinar repollos y colocar baldosas, eso sí contemplando su más amplia diversidad de formas y modelos. Circularidad obsesiva. Y en este contexto el edificio de la “cultura oficial” hace tiempo que se desmorona y gira en torno a un continuo ir y venir de tautologías. Ha sido consumida sin ser asumida .

Porque la cultura es un estado y eso es difícil de gestionar con las variables que venimos manejando, o imposible. Porque es un estado intelectual (no se pongan estupendos y compréndanlo como “la capacidad de entender, asimilar, elaborar información y utilizarla para resolver problemas“) que no depende de las burocracias, que se va adquiriendo desde el desconocimiento. Quién gestiona qué: creo que la administración pública no, que nos hemos “especializado” en todo tipo de espectáculos (aspirinas, repollos y alicatados hasta el techo) que, en todo caso, es como jugar en un terreno incompleto. Es necesario asumir este hecho (y ver qué se hace con ello) porque para muchos la cultura son los toros, las peinetas, saetear jabalíes, el vermú de después de misa de doce o tirar cabras desde los campanarios… ¿entra todo eso en nuestro catálogo?

Por ello es más necesaria que nunca la crítica, salir de esas urnas en las que nos hemos metido (en forma de congresos, seminarios y ceremonias particulares) para dar dar vueltas a lo mismo. Hay que distinguir, matizar y lateralizar para salir de la trampa, de esas mentiras (u obviedades) que nos vamos contando a nosotros mismos. Corregir desde nuevas ópticas y salir de ese discurso recurrente en el que nos vamos flagelando o aplaudiendo . ¿De verdad creen ustedes que alguien nos entiende cuando hablamos de transversalidad? Y no hablo de la sociedad, así en general, sino de nuestros compañeros técnicos locales. Lo más que se piensa al oir “transversalidad de la cultura” es que en cada área municipal se tenga un programador, alguien que organice alguna actividad. ¿Lo hemos sabido explicar? Evidentemente nadie entiende qué hace un programador en Urbanismo, por poner un ejemplo. Quizá hayamos convertido el discurso de la cultura en un mito para la contemplación, un caballo cojo sobre el que hemos cabalgado demasiado tiempo.

¿Ineficacia de la cultura? Por aislamiento y por reduccionismo. Porque no acaba de completarse un campo de pensamiento crítico como para generar una conciencia colectiva, un imaginario colectivo centrados en el desarrollo humano completo, que sirva al bien común.

Puede que este modelo de cultura que hemos promovido en los últimos años haya contribuido a la creación de empresas, de consultoras, de asesorías y de máquinas de masterizar… pero no sé muy bien si ha servido para mucho más. La esencia ha sido consumida por el fango de la ideología neo-socio-liberal y se ha centrado en la celebración recurrente de cierto tipo de ritos. ¿Dónde está el fondo de ese discurso que pretende el acceso a la cultura como refuerzo del tejido social? ¿Hablamos de conductismo? (porque también se ha puesto muy de moda la economía conductista) ¿Revolvemos otro mito posmoderno? La cultura, como casi todo, se ha sometido sin grietas a la trilogía de los valores burgueses: trabajo, economía y deber. Todo debe complacer y se convierte así en la propiedad de una élite de expertos poli-técnicos que analizan y gestionen en función de unos criterios cada vez más convencionales (todo lo que progresa lo hace por unos canales determinados y por lo tanto podría hacerlo por otros) Pero no podemos olvidar que la misión de la cultura es política en cuanto que consolida o transforma modelos de relación, de enfrentarse al mundo.

¿Nos hemos instalado en el elogio tópico? ¿En la exaltación de lo evidente?

Inteligencia cultural, decía al principio. Como todos ustedes saben la IC es aquella que te permite entender y ajustarte a los contextos de otras culturas en su más amplia acepción. Yo me he permitido ir un poco más allá y reclamar esta inteligencia para nosotros. ¿Y si abandonamos las áreas de cultura y nos infiltramos? Sí, es extremo pero no deja de tener su sentido al menos si entendemos esta como algo que transciende los sentidos clásicos y, sobre todo, aquellos que se toman como propios. La capilaridad, quizá, canales minúsculos.

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