follow the money

este post ha sido publicado originalmente en la edición en papel del Setmanari La Directa núm. 343, 18/12/2013 

Estos días, hemos asistido a dos espectáculos lamentables en el mundo cultural, uno el gran acontecimiento inaugural del nuevo Arts Santa Mònica y, el otro, la boda de la sobrina de un multimillonario indio en la Sala Oval del MNAC. Parece que los dos han despertado el interés de los medios de comunicación sobre la cultura i que han movilizado el mundo cultural en una defensa “sectorial” de aquello que era suyo y no de la clase política. En los dos casos, también, se ha puesto el acento en cuestiones puramente anecdóticas: por un lado, las capacidades y habilidades de la señorita BB, las conjuras de palacio y el artisteo; por otro, el exotismo y el lujo, la buena gestión y los beneficios económicos, la buena publicidad para la ciudad y la marca Barcelona.

FALSIFICACIÓN DINERO

A nosotros estos dos acontecimientos nos han hecho pensar, por una parte, en la utilización de los centros culturales como un elemento más de legitimación política, económica e ideológica de unos gobiernos que consideran la cultura un instrumento más de consolidación de sus actuaciones en otros ámbitos de la vida pública, como la sanidad, la educación o la vivienda. Nos quieren hacer creer que lo público no funciona desde una lógica de servicio público y que es necesaria la intervención del sector privado para asegurar su funcionamiento y la buena gestión. Y, por la otra, cómo se financian estos centros culturales, de dónde vienen y a dónde va el dinero.

En el primero de los casos, la política cultural del departamento de Cultura ha puesto el acento en la política aparador, en las relaciones con el mundo privado y el mundo de la empresa, en la cultura como consumo cultural, bajo la pretendida articulación de una red de centros de creación que el mismo departamento ha desmontado. La exposición inaugural del Arts Santa Mònica, donde se exponen obres de artistas que han trabajado en estos centros, no es más que una demostración de poder y un escupitajo en la cara de aquellos que durante años han trabajado para tirar adelante unos espacios situados fuera de la lógica de los gobiernos, centrados en el trabajo, en los procesos de creación, en la formación, en la relación con el territorio. Como muestra, la exhibición de la roulotte de Can Xalant colgada en la puerta del Arts Santa Mònica. No había dinero para sostener los centros, decían. Ara todo este dinero está a disposición de la nueva dirección del centro, es decir, de una política de aparador, mediática y lejos de lo que debería de ser una política cultural pública.

En el segundo caso, el MNAC es un consorcio constituido por la Generalitat de Catalunya, el Ayuntamiento de Barcelona y el Ministerio de Cultura, su función principal es la conservación y difusión del arte catalán desde el románico hasta la primera mitad del siglo XX. Entre sus patrocinadores principales figuran Gas Natural Fenosa, Endesa, el Banco Santander, la Fundación Abertis, la Fundación ACS, La Vanguardia, El País, RTVE o TV3. En este contexto, no resulta nada extraño que un magnate del acero, el principal del mundo, tenga a su disposición no sólo el Museo, sino también la ciudad, para una celebración particular donde han sido invitadas las autoridades políticas locales. Tampoco resulta extraño que nadie se preocupe del origen de su dinero, ni de la explotación laboral a que somete a sus trabajadoras, ni de las acusaciones de financiación ilegal a políticos a cambio de privilegios en sus negocios, ni de la contaminación ambiental que causan sus empresas.

Pero, ésta no ha sido la primera vez ni será la última que ha pasado esto. El MNAC ha acogido banquetes de empresas, una fiesta privada con la actuación de los Rolling Stones en la Sala Oval, la celebración del 60 aniversario del presidente del Deutsch Bank, del presidente de Gas Natural. Es muy fácil, en su web podemos encontrar el formulario que permite reservar el Museo para hacer un banquete para 1200 personas, el restaurante Òleum, la Sala de la Cúpula o la Terraza, ideales para grupos VIP más reducidos. En cualquier caso, es posible disponer de visitas exclusivas en las salas del museo, una vez cerradas al público, “el complemento perfecto que añadirá un plus de exclusividad a vuestra celebración”. Y todo esto se nos explica como una buena gestión. En fin, que esto ya nos lo intentaron hacer creer con el Palau de la Música Catalana y el caso Millet.

La cultura no está libre del sistema corrupto en que vivimos, la utilización de lo público por un grupo reducido de gente se ha instalado en nuestro imaginario con una absoluta normalidad e impunidad. Y, mientras tanto, las artistas, las trabajadoras de la cultura continúan viviendo de manera precaria, muy lejos de un sistema de reconocimiento de sus derechos sociales o laborales. Solo hace falta seguir el dinero, de dónde vienen, dónde va y cómo se utiliza para descubrir cuál es la política cultura de estos gobiernos.

Como dirira Miguel Noguera, pero qué mierda de política es esta? Nosotros continuamos apostando por una cultura de base, por el tejido creativo, por unos equipamientos culturales al servicio de la ciudadanía.

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Quant a rafamilan

Gestor Cultural
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